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Cómo superar las oficinas de prensa y no decaer en el intento


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En mi regreso a la reportería de calle me he estrellado irremediablemente con un gran muro, que además de antipático resulta infame. Y digo irremediablemente porque he podido comprobar de primera mano para qué sirven ahora las oficinas de prensa, o mejor, para qué no sirven. 

Estas dependencias, a las cuales los más aventajados se atreven a llamar bureau de comunicaciones, son las encargadas de establecer el contacto entre los periodistas que necesitan las declaraciones de las fuentes, y estas últimas, que los periodistas les publiquen lo que piensan, opinan o informan. 

Eso quiere decir que, de alguna manera, es una relación gana-gana. Yo doy para que tu me des. Las oficinas de prensa provienen de aquella función de antaño a la que nos acostumbró el gobierno de los Estados Unidos, que mantiene un gabinete de prensa dedicado exclusivamente a atender a los medios de comunicación, y la figura del vocero, que actúa en nombre de lo que piensa, opina o no, por interpuesta persona, el presidente del país norteamericano.

Al mismo tiempo cobraron vida las relaciones públicas corporativas como ese lazo entre compañías y púbico, especialmente en el ámbito privado, para “mejorar” la imagen, acercarse a las comunidades y ganar adeptos, hasta que se cruzó la palabra “marca” y allí se degeneró todo. Siempre he sostenido que, lamentablemente, esa mezcla entre el mercadeo y la comunicación no es factible desde el deber ser de cada disciplina, pero nuestros empresarios no lo han entendido, como si de echar en un mismo saco peras y manzanas se tratara. 

Lejos estamos por estas latitudes, tan calientes como la misma información que se genera de manera frenética en Colombia, de tener unas oficinas de prensa dignas con respecto a las funciones que les corresponde. Tristemente este tipo de dependencias, oficiales y privadas, se han convertido en el escampadero de muchos colegas que hoy esperan su jubilación en medio de una oficina con aire acondicionado, en la pasarela de muchos niñas bonitas que solo aspiran a “manejarle” el celular al “doptor”,  en el escondite de otros que pasaron de defender airadamente a su jefes políticos a ejercer a la sombra su labor mientras vuelven y caen en otra campaña, y hay algunas en donde se instalan jefes o directores que se convierten en francotiradores que disparan en contra de sus propias organizaciones. 

Las oficinas de prensa no son para ello. Los programas académicos que forman a los futuros comunicadores o relacionistas públicos estamos en mora de propiciar un sano debate alrededor del tema. ¿Para qué sirven entonces las oficinas de prensa? 

No puede seguir pasando que a estos lugares aterricen todos aquellos que buscan solucionar sus problemas de estómago y terminan vendiendo su conciencia al gobernante de turno. No puede ser que las mujeres crean que hacer relaciones con la prensa es ponerse una minifalda, teñirse el pelo y desfilar por todas partes para levantar admiradores. Resulta inconcebible que allí trabajen jóvenes que no se paran de sus sillas para resolver alguna necesidad de su colega periodista y dicen a todo que no. 

No señores, para eso no sirven las oficinas de prensa. Empresarios, políticos, gobernantes, corporaciones, organizaciones e instituciones, del carácter que sean, deben entender, primero, que los que saben de comunicar son los comunicadores, no ellos mismos. Así que los colegas que arriban a esas posiciones de dirigir relaciones con la prensa deben pensar en estrategias, proponerlas y llevarlas a cabo, y no en cargarle el maletín a los doctores. 

Segundo, deben preservar el mandamiento de ser damas o caballeros antes que otra cosa. Tercero, trabajar al servicio de otro no tiene por qué significar que entrego hasta mi conciencia. Cuarto, sean profesionales hasta en el más mínimo detalle, y en ello va desde la forma de vestir pasando por saber escribir, al menos, una carta, hasta saber pararse frente a un micrófono para hablar. 

Pero nunca, que quede bien claro, nunca digan que no. Aprendan a resolver las necesidades de información que tiene el periodista, atiéndanlo, pásenle al teléfono, convenzan a sus jefes de la importancia que significa saber atender a la prensa en el momento oportuno, no le colaboren haciéndoles creer que son importantes, sean disciplinados, organicen sus prioridades de agenda. Sepan reaccionar ante una crisis, no se escondan, obliguen a su compañía a poner la cara. 

Ahora, cada vez que tomo el teléfono para acudir a una oficina de estas, me persigno para que quien me conteste del otro lado, sepa responder a mi necesidad, y si no lo hace, rezo para que no haya sido alumno mío. Que vergüenza… 

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